Miércoles 1 de julio: el día que el vértigo tuvo nombre propio.
El desayuno a las siete y media supo a electricidad. Las tostadas se masticaban con prisa, el café se sorbía sin pausa, y en cada mesa, las conversaciones eran un solo tema: Europapark. A las ocho en punto, el bus de Alexander rugió con la misma emoción que llevábamos en el pecho. Los estudiantes subieron con la energía de quien ha esperado toda una vida para este momento, y en sus ojos, el brillo de la anticipación era tan intenso como el sol que comenzaba a calentar el día. El viaje de una hora y media fue una cuenta regresiva hecha de risas y canciones. Pero fue cuando, a lo lejos, se vislumbró el esqueleto metálico de la montaña rusa más alta del parque, que el silencio se apoderó del bus. Los estudiantes, estupefactos, miraban incrédulos esa estructura que se recortaba contra el cielo como un dragón de acero. Algunos abrieron la boca, otros señalaron con el dedo, y unos cuantos, los más audaces, sintieron un cosquilleo en el estómago que era mitad miedo, mitad deseo. En ese ...




