Sábado 28 de junio: la travesía del sur, entre autopistas, hamburguesas y el calor que no da tregua

 El último desayuno en Dresden supo a despedida. Los panes crujientes, las mermeladas de frutos rojos y ese café que ya nos había acompañado tantas mañanas parecían tener un sabor más intenso, como si la ciudad quisiera quedarse grabada en nuestro paladar. Pero el reloj no perdona, y a las ocho en punto, el bus rugió con el motor encendido. Frente a nosotros, siete horas de carretera hasta München. Siete horas de autopistas alemanas, de paisajes que cambian de verde a dorado, de pueblos que se asoman y se esconden detrás de colinas suaves.


Alexander, nuestro fiel conductor, nos recibió con su sonrisa de siempre. Los estudiantes subieron con la energía justa, mezcla de cansancio acumulado y esa ansiedad que precede al regreso a Chile. Las conversaciones eran más bajas, las risas menos explosivas. El calor, ese implacable compañero, ya se hacía sentir dentro del bus, y el aire acondicionado luchaba en una batalla perdida contra los rayos de un sol que parecía perseguirnos.

La primera parada, previsible y necesaria, fue un McDonald's. No era el lugar más poético del mundo, pero en el viaje, estos templos de lo familiar se convierten en oasis. Los estudiantes bajaron con la rapidez de quien sabe que el tiempo corre, y en cuarenta minutos, las hamburguesas y los helados se mezclaban con risas nerviosas y planes para la última semana. Algunos compraban snacks para el camino, otros estiraban las piernas como si pudieran estirar también el tiempo. Y yo, observándolos, pensé en cómo estos momentos aparentemente banales —una parada en un fast food, un helado que se derrite más rápido de lo que se come— se convierten, a la distancia, en tesoros de la memoria.

El viaje continuó. Las autopistas alemanas, esas famosas Autobahnen, se extendían como cintas de asfalto interminables. A ratos, algún coche pasaba a velocidades que parecían desafiar la gravedad, y los estudiantes, pegados a las ventanillas, comentaban con admiración. 

El paisaje, mientras tanto, cambiaba lentamente. Los bosques de Sajonia dieron paso a campos dorados, a colinas onduladas que parecían sacudirse el polvo del verano. Y, de repente, las montañas comenzaron a asomarse en el horizonte: los Alpes, tímidos al principio, luego imponentes, con sus cumbres blancas que se burlaban del calor que nosotros soportábamos abajo. Los estudiantes, con sus cámaras pegadas a los cristales, intentaban capturar ese momento, y yo recordé que en alemán, "die Sehnsucht" —ese anhelo profundo— no solo aplica a la nostalgia, sino también a la anticipación de lo que está por llegar.

Llegamos a München a las tres y media de la tarde. El termómetro marcaba 38 grados, y el sol, ese tirano sin piedad, nos golpeó al bajar del bus como una bofetada. El hotel, modesto y funcional, nos recibió con una noticia que heló la sangre (pero no el cuerpo): no había aire acondicionado. Las habitaciones eran pequeñas cajas de calor, y la única tregua posible era una ducha fría que, para ser honestos, apenas refrescaba. Los estudiantes, entre gemidos y risas nerviosas, comenzaron a deshacer maletas, a abrir ventanas con seguros (que solo dejaban pasar más calor) y a idear estrategias de supervivencia: toallas mojadas en la nuca, botellas de agua en el congelador, ventiladores portátiles que apenas movían el aire. 

El cansancio era palpable. Siete horas de viaje, sumado a las semanas de excursiones, caminatas y emociones, se acumulaban en cada párpado pesado. Pero también había ansiedad: la última semana estaba ahí, como un espejo que reflejaba el regreso a Chile. En las conversaciones, comenzaban a aparecer frases como "cuándo vea a mi mamá", "qué rico un completo",  —esa añoranza de lo propio, de lo conocido, que se mezclaba con el agradecimiento por lo vivido. Habíamos visto tanto, recorrido tanto, que el regreso se sentía, al mismo tiempo, como un alivio y un duelo, pero aún  quedan días y sorpresas del destino. 

La cena, a las siete, fue en conjunto. Un buffet sencillo pero generoso: ensaladas, carnes, pastas. Los profesores compartíamos miradas cómplices, sabiendo que el viaje ha cumplido su objetivo, que estos chicos han crecido más allá de lo que cualquier programa académico podría medir.

La noche cayó sobre München, y con ella, un calor que se negaba a ceder. En las habitaciones, las estrategias contra el bochorno se intensificaron. 

München, con sus calles de adoquines, museos  y castillos nos espera. ¡Allá vamos!

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