Miércoles 1 de julio: el día que el vértigo tuvo nombre propio.
El desayuno a las siete y media supo a electricidad. Las tostadas se masticaban con prisa, el café se sorbía sin pausa, y en cada mesa, las conversaciones eran un solo tema: Europapark. A las ocho en punto, el bus de Alexander rugió con la misma emoción que llevábamos en el pecho. Los estudiantes subieron con la energía de quien ha esperado toda una vida para este momento, y en sus ojos, el brillo de la anticipación era tan intenso como el sol que comenzaba a calentar el día.
El viaje de una hora y media fue una cuenta regresiva hecha de risas y canciones. Pero fue cuando, a lo lejos, se vislumbró el esqueleto metálico de la montaña rusa más alta del parque, que el silencio se apoderó del bus. Los estudiantes, estupefactos, miraban incrédulos esa estructura que se recortaba contra el cielo como un dragón de acero. Algunos abrieron la boca, otros señalaron con el dedo, y unos cuantos, los más audaces, sintieron un cosquilleo en el estómago que era mitad miedo, mitad deseo. En ese momento, Fantasilandia, con sus atracciones queridas y familiares, parecía un juego de niños. Esto era otra cosa. Esto era Europa.
Llegamos a eso de las nueve y media. El aparcamiento era un mar de autobuses y coches, y en el aire, el olor a palomitas y adrenalina. Alexander, con su sonrisa de siempre, nos entregó los boletos con la solemnidad de quien entrega un tesoro. Luego, la charla de seguridad: el punto de encuentro, la hora de regreso y las recomendaciones para no perderse en ese universo de colores y ruidos. Pero apenas la última palabra salió de nuestros labios, los estudiantes corrieron veloces como el viento de septiembre en Chile, dispersándose por las puertas del parque como si el tiempo fuera un lujo que no podían darse.
El brillo en sus ojos era inconfundible. No era solo la emoción del momento, sino la promesa de un día inolvidable, de esos que se guardan en la memoria como un tesoro.
Lo que pasó en las siguientes horas fue una sucesión de vértigo y carcajadas. La Silver Star, con sus 73 metros de altura, fue la primera conquista. Los estudiantes subieron con el corazón en la garganta y bajaron con los ojos llorosos de la velocidad, riendo como locos mientras se agarraban el pecho. Luego, el Blue Fire, con sus loopings y sus giros imposibles, que los dejó mareados pero eufóricos. Y el Wodan, esa montaña rusa de madera que parece un animal salvaje, que los sacudió hasta los huesos con su rugido.
Las fotos que tomaron durante las caídas libres —con las caras desencajadas, los brazos en alto y las sonrisas congeladas en el momento exacto del miedo— se convirtieron en el tesoro del día. Las compartían en grupos, las comentaban, las reían, como si cada imagen fuera una prueba de valentía.
Pero no todo fue velocidad y altura. Hubo tiempo para los juegos más tranquilos, para las atracciones acuáticas que refrescaban el calor de julio, y para los puestos de salchichas y helados que se convertían en pequeños oasis de energía. Los estudiantes, organizados en grupos, se turnaban para decidir el siguiente destino, y en cada decisión, la emoción se renovaba.
La tarde pasó volando, como el propio viento en las montañas rusas. Y cuando el reloj marcó las cinco y media, comenzó el regreso al punto de encuentro. Llegaron con el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y los ojos aún brillantes, pero con una energía que solo el cansancio verdadero puede dar: ese que viene de haber vivido cada segundo al máximo.
La cena en el hotel fue un ritual apresurado. Los estudiantes apenas probaban la comida, más ocupados en mostrar fotos y contar anécdotas que en masticar. Pero el cansancio, ese compañero fiel de los días intensos, se manifestó sin piedad. Los cubiertos se movían con lentitud, las conversaciones se apagaban como velas al viento, y muchos apresuraron el final para ir a dormir.
No había tiempo para charlas ni para noches largas. Mañana, un viaje de seis horas en bus de Freiburg a Köln los esperaba, y había que reponer energías. Pero mientras se despedían en los pasillos, las sonrisas aún florecían en sus rostros. Y en la oscuridad de sus habitaciones, antes de cerrar los ojos, soñaron con caídas libres, con loopings, con el viento en la cara, y con la certeza de que ese día, el vértigo había tenido nombre propio: Europapark.
Porque, al final, los viajes no solo se miden en kilómetros o en días. Se miden en momentos que te dejan sin aliento, en risas que resuenan incluso en el silencio, y en la memoria de haber sido, por un día, los reyes de un mundo de acero y sueños.
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