Miércoles 24 de junio: entre palacios y animales, la levedad del barroco y la mirada del otro:
Hay días que pesan como la historia, y días que flotan como una burbuja. El miércoles 25 de junio fue de esos segundos: una jornada que se deslizó entre la geometría perfecta de un palacio y el caos ordenado de un zoológico, como si Berlín hubiera decidido mostrarnos sus dos almas: la que planea y la que respira.
Salimos temprano, con el sol aún tibio y la promesa de un viaje corto hasta Potsdam. Allí, entre bosques que parecen sacados de un cuento de los hermanos Grimm, nos esperaba Sanssouci —el palacio que Federico el Grande mandó construir para olvidarse del mundo. Y vaya nombre, sans souci, "sin preocupaciones". Como si el rey filósofo, el mismo que escribía tratados en francés y tocaba la flauta en las noches prusianas, hubiera querido levantar un monumento a la ligereza. Pero la ligereza, como bien sabemos, también es un acto de rebeldía.
Subimos las terrazas escalonadas, esas que parecen una cascada de vid verde, y nos detuvimos frente al palacio. No es inmenso, no intenta aplastarte con su grandeza; al contrario, se recuesta sobre la colina como quien se tumba a leer un libro. Dentro, los techos pintados con dioses y ninfas nos recordaron que el barroco era, ante todo, un juego: una forma de decir que la vida también es ornamento, que el mármol puede fingir seda y que el poder, a veces, se disfraza de quimera. Caminamos por los salones, y en cada esquina parecía escucharse el eco de las charlas ilustradas, de Voltaire y su lengua afilada, de reyes que discutían filosofía mientras el mundo se rehacía entre guerras y fronteras.
Pero Potsdam no solo es historia; también es idioma. Allí, en cada cartel bilingüe, en cada guía que alternaba el alemán con un inglés cortés, entendimos que el idioma es territorio. Los alemanes tienen palabras para lo que nosotros apenas nombramos: Weltschmerz (el dolor del mundo), Fernweh (la nostalgia por lo lejano), Torschlusspanik (el miedo a que las puertas se cierren). Quizás por eso construyen palacios, para abrir ventanas; quizás por eso cuidan jardines, para recordar que el tiempo también florece.
Después de la pausa para comer —wurst y pretzels bajo los árboles centenarios—, el bus nos devolvió a Berlín, pero esta vez con destino al zoológico. Y aquí, permítanme confesar algo: nunca había visto un animal tan feliz como un hipopótamo en el agua de Berlín. Quizás porque las ciudades grandes, con su bullicio, nos hacen olvidar que otros seres también habitan el planeta con nosotros, y que su mirada, sin juicio ni prisa, puede ser más elocuente que cualquier discurso.
El zoológico de Berlín es el más antiguo de Alemania, y se nota: hay en sus recintos una mezcla de solemnidad victoriana y eficiencia moderna. Los osos polares nadan en círculos perfectos, los elefantes agitan sus orejas como abanicos lentos, y los flamencos, siempre en equilibrio, nos recuerdan que la gracia también es una postura política. Pero fue en el acuario para algunos donde el día encontró su momento más reflexivo. Peces de colores que nunca saben que están en una pecera, medusas que flotan como pensamientos sin dueño, y un pulpo que nos miró con sus ojos de extraterrestre, como si supiera que nosotros, los de dos piernas, también estamos encerrados en algún tipo de cristal.
Mientras los demás corrían a ver a los pandas —los verdaderos rockstars del lugar—, yo me quedé unos minutos frente a los lobos. Estaban quietos, mirando el horizonte de cemento, y pensé en esa palabra alemana que tanto me gusta: Sehnsucht, el anhelo profundo, casi doloroso, por algo indefinible. Quizás ellos también lo sienten, quizás todos los seres enjaulados, de una u otra manera, compartimos esa melancolía.
El día terminó como comenzó: con el sol poniéndose sobre la ciudad, tiñendo las estatuas del zoológico de un naranja viejo. En el bus de regreso, el cansancio nos hizo callados, pero no era un silencio vacío. Era de esos que llenan, como cuando has visto tanto que las palabras se quedan pequeñas.
Potsdam nos enseñó que la historia puede ser liviana, que los reyes también necesitan treguas. Y el zoológico, que todos somos animales buscando un lugar en el mundo. Alemania, con su lengua de palabras largas y su memoria siempre presente, nos recordó que cada lugar tiene su poesía, y que viajar, al final, es aprender a leer el idioma de los paisajes.
Y nosotros, entre un palacio y un recinto de osos, aprendimos algo más: que la belleza y la incomodidad caben en el mismo día, y que a veces la mejor forma de entender un país es dejar que sus contradicciones te habiten.








Comentarios
Publicar un comentario