Primera jornada en Berlín: crónica entre lluvia y asombro
El primer tour por Berlín arrancó puntual a las nueve y media. La suerte, esa viajera discreta, nos había regalado un guía que hablaba español —y no solo lo hablaba, lo vivía con la cadencia cálida del que sabe contar historias. Así, las ocho horas de recorrido se deslizaron como un río manso, llevadero, casi breve, a pesar de la magnitud de lo que teníamos por delante.
Comenzamos en el Muro del Arte, esa galería al aire libre donde la historia se tiñe de colores y grafitis. Allí, las cámaras encontraron su primer festín: posamos frente a los murales como si quisiéramos abrazar la memoria con la misma intensidad con que aquellos trazos reclaman su lugar en el tiempo. Después, el itinerario se volvió solemne: iglesias de piedra que aún susurran rezos, monumentos que no son meras estatuas sino cicatrices levantadas hacia el cielo, y homenajes que se quedan grabados en el alma antes que en la retina.
Pero Berlín, se sabe, tiene su propio humor. El pronóstico anunciaba lluvia para las cuatro de la tarde; la lluvia, sin embargo, decidió adelantarse sin pedir permiso. Llegó torrencial, acompañada de rayos que partían el cielo y un viento tan furioso que arrancó una silla de su sitio como quien arranca una hoja de un árbol. Así que el bus se convirtió en refugio, en mirador rodante, mientras el agua dibujaba cortinas sobre los cristales y nosotros, a salvo, seguíamos la ciudad a través de la lluvia.
Cuando el temporal cedió, bajamos para caminar entre dos iglesias —dos templos que parecían susurrarnos que la fe también se sostiene bajo tormentas. Luego, la hora del almuerzo: algunos se fueron al sushi, otros al McDonald's, y todos compartimos el mismo ritual de los viajeros: comer rápido para tener tiempo de buscar souvenirs, pequeños tesoros que caben en una palma pero pesan una vida.
El tour cerró con una visita al "Museo Taller para Ciegos Otto Weidt” y luego, de regreso al bus, el destino deparaba una cena en el famoso “Hard Rock de Berlin” con cuadros en las paredes de “the Ramones”y “the Kiss” disfrutamos de un gran festín, entre risas y anécdotas pretéritas.
El día fue agotador, sí, de esos que dejan los pies hinchados y la cabeza llena de imágenes. Pero también fue de esos que se guardan en el pecho como un puñado de luces: porque entre la lluvia y los rayos, entre las iglesias y el museo sin nombre, nos reímos, nos asombramos y, sobre todo, seguimos juntos. Y eso, al final, es lo que convierte cualquier tormenta en parte del paisaje.









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