Warnemünde

 “Warnemünde nos aguardaba con un repertorio de sorpresas. El cielo, encapotado y gris, no presagiaba el calor sofocante que nos recibió —una calidez abrasadora que nos trajo de inmediato a la memoria el infierno veraniego de San Felipe. Pero aquello era apenas el preludio.

Iniciamos el recorrido divididos en dos grupos, según nuestra propia elección. Sin embargo, la penúltima de las sorpresas no tardó en irrumpir: la lluvia, caprichosa y repentina, se desató sobre nosotros. Algunos, previsores, portaban cortavientos; otros, en cambio, afrontaban el aguacero a cuerpo descubierto. Hubo que hacer un alto para adquirir paraguas de urgencia, y apenas concluimos la visita, el cielo se serenó, como si el diluvio hubiera sido un mero capricho.


Entonces llegó la hora del almuerzo, mientras otros viajeros ascendían a la cima de la ciudad para explorarla. Tras la comida, unos cuantos se refugiaron en el autobús para secarse y rendirse al sueño; la hora de regreso estaba fijada para las tres y media de la tarde. Los más audaces, no obstante, prefirieron desafiar las alturas en la noria y, más tarde, dejarse mecer por las aguas en un paseo en bote.

Cerramos la jornada con una cena que, a diferencia de la víspera, encontró acompañantes de excepción: un grupo de alemanes que celebraban un reconocimiento entre colegas. Nosotros, fieles a nuestra condición de chilenos, simulamos comprender cada palabra de su discurso y prorrumpimos en aplausos cada tres frases, con una solemnidad tan fingida como divertida. Los alemanes, lejos de ofenderse, captaron el guiño y se rieron con nosotros.

Mañana partimos hacia Berlín. Y ya sabemos, en el fondo, que nos aguarda una ciudad magnífica, y con ella, una experiencia que promete estar a su altura.”









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